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Ay, mi cabeza.
Los maullidos de García, que reclama su alimento, y la luz del sol al mediodía entrando por la ventana despiertan a Quispe.
Se quedó dormido con la ropa puesta, sobre las sábanas prolijamente tendidas.
Su mano derecha todavía aferra la botella de bourbon vacía.
Ay.
Mi cabeza.
Primero: ponerse de pie y que el mundo deje de moverse, lo que le toma un par de minutos.
Segundo: al baño. Una ducha fría para espabilarse. Dentífrico para sacar el regusto ácido pegoteado al paladar.
Tercero: a la cocina. Prepara café, para arrancar el motor. Le sirve comida al gato, así se deja joder.
Cuarto: de vuelta a la sala. Elige un disco (‘Guitarra negra’, de Zitarrosa). Le da play. Arma un cigarrillo. Sube el volumen.
Quinto: a la cocina de nuevo. Enciende el pucho con el fuego de la hornalla antes de apagarla. Llena una taza hasta el borde.
Busca en un cajón dos aspirinas, que apura de un trago.
Negro y amargo. Bien espeso.
Bebe y fuma en silencio, prestando atención a la música.
Evalúa prepararse unas tostadas, pero pronto desecha la idea. Se permite, en cambio, una segunda ronda de tabaco y café.
Ahora sí, piensa, buen día mundo. Hoy va a ser una larga jornada. Hay mucho trabajo que hacer.
Pero antes me gustaría fumarme un buen porro.
Por suerte, el gordo Tommi Gordo vive apenas cinco pisos más abajo.
No tiene el mejor faso del mundo, el gordo Tommi Gordo, pero viene abundante.
Además, Cocodrilo, el de la moto, no labura hasta las cinco de la tarde, con suerte, razona Quispe, mirando el reloj digital de la heladera.
1416 marca, sin un espacio ni un punto ni dos puntos que separe las horas de los minutos, por capricho de algún diseñador, supone.
Finalmente, mientras baja un tercer cigarrillo con lo que queda en el fondo de la taza, se pone la última muda de ropa limpia disponible.
Nota mental: pasar por el laverrap antes de salir.
Tras manotear un par de billetes, nuestro detective baja por las escaleras hasta el piso 21 de su edificio, mientras arma y fuma otro pucho.
Que apaga contra el suelo al llegar (un poco corto de aire) a la puerta del departamento ‘F’.
Efe de faso, piensa Quispe, y se ríe una vez más de su ocurrencia, que le viene a la mente cada vez que visita al gordo Tommi Gordo.
Para que el dealer atienda, si uno llega sin avisar, es necesario hacer una llamada especial. Una especie de código.
De lo contrario, es virtualmente imposible que mueva sus 120 kilos del sillón donde pasa buena parte del día jugando videojuegos.
Y Quispe nunca avisa.
Así que procede a dar nueve golpes secos a la puerta, intentando emular, con modesto éxito, el ritmo de la marcha imperial de Darth Vader.
Tac tac tac Tac tatac Tac tatac
Pasa un rato hasta que siente cómo el gordo Tommi Gordo abre la mirilla y luego el golpe seco del cristal de sus anteojos contra el borde.
Ah, sos vos (dice, mientras corre las cuatro trabas para abrir la puerta), justo.
A Elvis Quispe no le gusta nada ese justo.
Está harto de las coincidencias.
(Aunque algo, quizá su corazón educado a base de novelas policiales, le dice que son el hilo del que debe tirar para resolver el caso.)
Está, piensa, cansado de arrastrar mierda de otros en la suela de zapatos prestados. Que ni siquiera son de su número.
Y ese justo suena a coincidencia y huele a mierda ajena y le aprieta como un par de zapatos nuevos demasiado chicos para sus pies.
Mientras nuestro detective cavila, el gordo Tommi Gordo destraba sus tres cerraduras y abre la puerta para dejarlo pasar.
Su departamento está tapizado de posters de películas clase b y perfumado por una nube dulzona de humo de marihuana. Suena un disco de KISS.
Es un tipo expeditivo, el gordo. Antes de que Quispe diga nada, corre un afiche de Shock Corridor y abre la caja fuerte que esconde detrás.
En pocos segundos tiene en sus manos tres bolsitas ziplock con tres bagullos, aparentemente idénticos, de paraguayo prensado.
¿De cuál vas a querer?
No sé, dame el más rico.
Este, se jacta el dealer descartando los otros dos paquetes, te va a encantar, pero está salado, sale milq
Vos dame, le interrumpe Quispe mientras extiende la mano con el dinero. Perdón, es que hoy tengo muchas cosas que hacer.
No hay drama, estás muy solicitado, le contesta el gordo Tommi Gordo.
A Elvis Quispe no le gusta nada ese muy solicitado.
Pero quiere completar la transacción y volver a su departamento a fumar y seguir con lo suyo.
Así que ni bien tiene la droga en el bolsillo, saluda, ensaya otra disculpa y encara hacia la puerta.
Qué pena que no te quedás a fumar uno, lo invita el gordo.
Y aunque sabe que no es recomendable hacerle un desplante a un dealer, Quispe está decidido a no detenerse. Muchas cosas que hacer.
Podemos jugar unos partidos en la playstation, insiste su anfitrión.
Le gustaría, pero no. Muchas cosas que hacer.
Che, qué cortado que estás, por qué tanto apuro.
No es recomendable hacerle un desplante al dealer. Pero no. No importa qué diga. Abre la puerta.
Ni que se estuviera por acabar el mundo, che.
No. No importa qué diga. Muchas cosas que hacer. Da un paso hacia el pasillo.
¿Ni siquiera me vas a decir qué quería el tipo que te andaba buscando? Me lo crucé en la puerta, justo antes de que vos llegaras.
Justo, piensa Quispe, mientras retrocede y cierra la puerta desde adentro.
Dale, fumemos uno, y mientras me contás de qué mierda estás hablando.
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Ya de regreso en el departamento, previa escala por el super vietnamita para proveerse de lo fundamental, Quispe pone un disco de Suicide.
(Lo fundamental, en este caso, es un paquete nuevo de tabaco y unos papelillos. Una docena de latas de cerveza. Más comida para el gato.
Papel higiénico. Medio kilo de milanesas congeladas. Un poco de verdura y frutas frescas. Pan lactal, queso y fiambre. Yerba. Café.
También, tras meditarlo —apenas—, metió en el changuito una botella de Jim Beam.)
Que ahora destapa para servir en un vaso, sin hielo, por supuesto, una medida generosa: sólo le dura un trago.
Vuelve a servirse y deja vaso y botella sobre la mesa, junto a la nota de Benigna y el folleto que encontró en lo de Araceli.
Busca el cuaderno y un cenicero antes de sentarse.
Necesito un plan, piensa, con un cigarrillo en la boca.
¿Por dónde arrancar?
Buscar a Benigna, asegurarme de que esté bien, seguir con su caso.
Anota el nombre y copia la dirección y el teléfono que ella dejó. Una flecha corta. Policía. Un signo de interrogación.
O tratar de averiguar algo más sobre esto del fin del mundo y dónde se metió Araceli. Podría estar en peligro ella también.
Escribe: Araceli. Abajo: ¿Apocalipsis? Vacía y vuelve a llenar el vaso. Después de unos segundos agrega: FM Margarita.
Saca de un cajón la vieja netbook destartalada que robó hace tiempo de la oficina de la mujer de un cliente cornudo que no quiso pagar.
(A Quispe no le gustan mucho las computadoras y había pensado en venderla, pero decidió que podría llegar a serle útil eventualmente.)
La enciende y camina, máquina en mano, hasta la ventana.
Es el único lugar del departamento donde puede captar la señal de un vecino para conectarse.
Sus limitados conocimientos informáticos le alcanzan para encontrar, sin dificultad, el domicilio desde donde trasmite la radio en cuestión.
Que copia al cuaderno antes de volver a guardar el aparato.
Qué más, piensa.
Una flecha más larga desde la palabra Policía: Robo Recoleta.
Samaritani dijo que pronto lo contactarían para darle instrucciones.
Traza una segunda flecha y pone Pescador. Otro signo de pregunta.
Intenta recordar qué fue lo que escuchó en la celda pero no. Ni siquiera está seguro de que no haya sido todo un sueño.
Otro cigarrillo. Más whisky.
Falta algo, se dice. Vuelve a mirar todo lo que hay en el papel y pasa lista a los sucesos de los últimos dos días, masticando la birome.
Algo que le dé sentido a todo.
Finalmente, escribe dos palabras en la parte superior de la hoja, encabezando el extraño diagrama.
En letra imprenta. Mayúscula. Bien grande.
EL OLOR.
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Cómo andásh, querido.
Andrei Galíndez, el mecánico, lo recibe como siempre con un efusivo abrazo.
Al que, como siempre, Elvis Quispe intenta rehuir, con poco éxito.
No por mala educación ni porque le tenga rechazo, sino para evitar quedar manchado con grasa.
Ya bastante poca ropa decente tengo, piensa, mientras intenta fijarse, con disimulo, si le quedó alguna marca negra en la camisa blanca.
Ahí, justo abajo del tercer botón, descubre consternado pero sin sorprenderse. La puta madre.
El mecánico lo saca del cuelgue con su vozarrón: ahí tenésh, como nueva. Bueno, como nueva nueva no, vosh shabésh que tiene shush batallash.
Andrei es un tipo enorme (debe medir cerca de dos metros y pesar sus buenos cien kilos, o más) y tiene una cara rarísima.
No tanto como para decir que es deforme, razonó Quispe el día que lo conoció, pero casi.
Debe ser por el labio leporino, pero no, hay algo más que no puede identificar.
Le hace acordar a Salvatore, ese monje jorobado de El nombre de la rosa.
O en realidad, se corrige, a Ron Perlman, el tipo que lo interpreta en la película de Annaud.
Qué actorazo.
En fin, se reta Quispe, volviendo al taller, donde el monje-mecánico le explica los arreglos que requirió su moto.
mbié las pashtash del cluch, porque los cambiosh andaban flojosh, le calibré lash válvulash y le limpié el carburador y el filtro de ai
Bueno, bien, lo interrumpe nuestro detective. Decime cuánto te debo.
(Andrei reflexiona unos segundos en silencio, frunciendo la jeta que, sorprendentemente, en esa extraña posición parece más normal.)
Bueno, para vosh, sherían osho mil quinientosh. Para vosh, eh.
Quispe saca del bolsillo el fajo con dinero y cuenta nueve billetes.
Ah bueno, andamosh dulshes pareshe.
Algo así, contesta. En realidad cobré una vieja deuda.
Y shí, eshash coshash mejor hasherlas ahora, mientrash she pueda, sigue el otro, encantado con la conversación.
¿Mientras se pueda? ¿Por qué mientras se pueda? ¿Qué querés decir?
Bueno, vosh shabésh lo que andan dishiendo, dice Andrei.
Que she viene el fin del mundo.
Quispe siente un tirón que le recorre el espinazo, desde la nuca hasta los huevos.
Como un orgasmo, pero al revés. Desagradable.
Y de nuevo ese olor a mal augurio que lo persigue desde hace dos días, desde que empezó todo.
¿Todo? ¿Qué todo? ¿Hay un todo? ¿Un hilo que une a Bengigna, la yuta, Araceli, un pescador imaginario, un milico muerto y el fin del mundo?
Se pregunta.
¿O la estoy flasheando?
Fumar. Las manos le tiemblan mientras arma el cigarrillo. El mecánico lo mira extrañado.
¿Qué pasha? ¿Eshtas bien? Sheguro esh una boludez, no te pongash ashi, mirá shi she va a terminar el mundo. Locosh hay en todash partesh.
Quispe arrasa con el cigarrillo en cuatro pitadas. Inmediatamente arma y enciende otro.
¿Dónde dijeron eso?, le pregunta, ahora en voz alta, a Andrei. ¿Qué escuchaste exactamente? ¿Quién lo dijo?
En la radio, contesta el otro. Asher o antesh de asher, no me acuerdo, no le preshto mucha atenshión. La pongo para tener compañía acá.
No shabésh qué grande she hashe el tasher cuando pashash mucho tiempo sholo, trabajando.
Pero me shamó la atenshión la vosh del tipo cuando empeshó a hablar, ashí que me asherqué a los parlantes y shubí el volúmen.
Una vosh grave, cashcada. Pareshía dishfónico. Hablaba muy deshpashio, marcando todash las letrash que pronunshiaba.
Quispe aplasta la colilla contra el suelo y siente deseos de armar uno más pero se contiene. ¿Qué decía el tipo? Contame bien.
El mecánico vuelve a fruncir la cara y se rasca el mentón, tratando de hacer memoria.
Dijo que sha falta poco. Que losh hombresh eshtán mal, o van mal. Que la soshiedad equivocó el camino, algo ashí, creo.
Entre frase y frase se detiene unos segundos a recordar, hace la mueca, se rasca.
Que sha esh tarde para cambiar, que lash generashiones llegan falladash. No, se corrige, no dijo falladash, dijo malparidash.
Deshpuésh levantó el tono, aunque shin apurarshe, y dijo que había que terminar con todo para volver a empeshar con todo. Ashí lo dijo.
Terminar con todo para volver a empeshar con todo.
Repite Andrei, como si meditara el sentido de esas palabras.
Y al final dijo que había reshibido la sheñal y que el plan sha estaba en marcha. Y nada másh.
Deshpuésh pushieron un tema de The Cure y sho bajé el volúmen y seguí laburando con tu moto. Vash a ver qué bien le quedó.
Remata, con una sonrisa torcida.
¿Cómo se llamaba el tipo, te acordás?
No, no. No llegué a eshcushar el nombre.
¿Y la radio? ¿Qué radio era?
Esho shí, esh la mishma que eshcusho siempre. FM Margarita, se shama. Esh la noventa y shiete shiete. Pashan buena múshica.
Minutos más tarde, Quispe recorre la ciudad montado a la bestia (es cierto, piensa, quedó diez puntos) pero la brisa en la cara no esfuma el olor.
Trata de encontrarle un sentido a todo lo que pasó los últimos dos días.
¿Todo? ¿Qué todo? ¿Hay un todo?
Terminar con todo para volver a empezar con todo.
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Una horas más tarde (ya es de noche), Elvis Quispe se despierta, desnudo, en el suelo del departamento vacío.
Ella, por supuesto, no está.
Se levanta con esfuerzo y camina hacia la pared donde, recuerda, está el interruptor de la luz.
La enciende.
Tiradas, cerca de la puerta, ahora puede ver dos llaves y una hoja de cuaderno.
Los billetes están desparramados por todo el lugar, como cuerpos al final de una batalla.
Quispe recoge su ropa y se viste con pereza.
Camina hasta la cocina, que parece vacía. Tras revisar cada cajón y cada alacena, confirma su diagnóstico.
Repite la operación en el baño y en el cuarto de Araceli, con el mismo resultado.
No es que busque algo en particular.
El hábito hace al detective.
Resignado, regresa al living. Junta los cincuenta flamantes rectángulos de papel con la cara del General y los guarda en un bolsillo.
Se acerca a la puerta para tomar las llaves y la nota.
Quedatelás. No vuelvo por un tiempo. Si querés, podés usarlo de bulo.
Deja las llaves en el otro bolsillo de su pantalón y hace un bollo con el papel, que arroja haciéndolo trazar una parábola.
Cuando la pelota está por tocar el suelo, le propina un preciso derechazo con la parte externa del empeine (tres dedos, piensa Quispe.)
Con tanta puntería que va a parar al último estante de la biblioteca vacía, ese que sólo alcanzaba subido a un banquito.
Al aterrizar, el proyectil levanta una nube de polvo y un papelito, que planea unos segundos antes de aterrizar sobre el parquet.
Quispe se acerca a levantarlo.
Es un pequeño volante impreso en papel barato, parecido a los que dan en las puertas de las iglesias evangelistas.
De un lado, sobre un fondo negro, hay un dibujo bastante infantil del planeta tierra prendiéndose fuego.
Y más abajo, en tipografía catástrofe:
¿ESTÁS PREPARADO PARA EL FIN DEL MUNDO?
Ni en pedo, piensa Quispe, mientras da vuelta el papel.
Del otro lado hay un mapa confeccionado, deduce, por la misma mano que hizo el otro dibujo, y una serie de instrucciones.
El plano es bastante confuso y no tiene referencias.
Sólo hay una ruta o camino principal, del que se desprende otro más angosto que bordea algo que parece un lago hasta desembocar en una cruz.
El texto no da ninguna pista sobre la ubicación del lugar, ni de qué se trata. Al contrario, reflexiona, cada vez entiendo menos.
Recuerden que sólo se permite traer cuatro mudas de ropa. No olviden el abrigo: hace mucho frío, lee nuestro detective.
Está prohibido el ingreso de cualquier otro artículo personal, incluyendo, aunque no solamente, comidas, bebidas y estupefacientes.
Elementos de higiene y cosméticos. Aparatos electrónicos. Fotografías o recuerdos privados. Libros u otras publicaciones. Juguetes. Reloj.
¿Qué estás haciendo, nena?, se pregunta Quispe. ¿Adónde te metiste?
Por último, en letra minúscula, un número: 43 80 - 71 09. Otro fijo, piensa, algo extrañado por la coincidencia.
Arma un cigarrillo, que fuma sin moverse de su lugar, parado en el centro de la sala desierta.
Cuando la brasa le quema los dedos, lo deja caer y lo apaga con la suela de su zapatilla izquierda, quemando la madera.
Le pega una última mirada al folleto antes de guardarlo junto a los billetes.
Finalmente abandona el departamento vacío, baja tres pisos por las escaleras y sale a la calle.
Antes de doblar la esquina, arroja las llaves por la alcantarilla.
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Sólo Perseo sabe qué cara puso la Medusa al ver su propio rostro reflejado en un escudo.
Pero, piensa Quispe, no debe ser muy distinta a la de Araceli en ese momento.
Antes de que él pueda reaccionar, ella lo empuja adentro del placard.
Con un gesto le pide silencio y luego hace algo que se parece a un guiño cómplice antes de cerrar la puerta y ponerle llave.
¿Yo estoy loco o ella acaba de guiñarme el ojo?
La puerta del mueble es vieja y pesada, de madera maciza.
Aunque se esfuerce, Quispe sólo alcanza a escuchar detalles que de ninguna forma resultan suficientes para reconstruir lo que sucede afuera.
Como en su infancia tardía cuando, clandestino, el pequeño Elvis encendía el televisor por las noches para sintonizar porno mal codificado.
Apostado con paciencia frente al aparato, esperando captar, ahora sí y ahora no, apenas una chispa que despertase su imaginación.
Una teta, una boca, un gemido, algunos segundos de movimiento mecánico, siempre en negativo (esos colores raros formaban parte del embrujo).
Caliente como un caño de escape, Quispe evalúa meter mano en su pantalón pero pronto, en un rapto de sensatez, descarta la idea.
Afuera, parece que ya terminó la charla, porque ya no se escucha nada.
Obediente, aguarda en silencio. A cambio sólo obtiene más silencio.
Pronto pierde la perspectiva del tiempo, si es que alguna vez, encerrado en ese mueble, la tuvo.
Piensa en Benigna, en el gato, en el fajo de billetes que todavía aferra en una mano como si fueran su pija.
Y que, como su pija, en este momento no le sirve para nada en absoluto.
También piensa en que nunca en su vida había estado encerrado, y desde ayer ya van dos veces.
Y en que espera que no se vuelva una costumbre porque (a lo mejor estoy un poco sensible por las circunstancias, piensa, pero).
Me parece que soy claustrofóbico.
Idea que alcanza y sobra para ponerlo al borde de un ataque de pánico.
Tantea la madera en busca de la cerradura.
Intenta idear cómo darle un golpe seco con el poco espacio del que dispone.
Sólo consigue hacer sangrar sus nudillos.
Pensemos otra cosa.
Luego, se apoya contra el fondo del placard y se impulsa contra la puerta, dejando caer todo el peso de su cuerpo.
La puerta no cede.
Vuelve a probar. Dos, tres, cuatro veces.
La puerta no cede. Ni medio centímetro.
Quispe, a punto de ponerse a llorar.
Hasta que escucha el ruido de la llave en el cerrojo.
Y la voz, ahora nítida, de Araceli, que lo reta, como en los viejos tiempos.
Ya va, ya va.
Con una sonrisa, ella abre la puerta apenas lo suficiente como para poder escabullirse adentro.
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Lo primero que piensa Quispe cuando Araceli V. Sabugo, ex novia, ex concubina, ex amor de su vida, abre la puerta, es que está igual.
Como si no hubieran pasado más de dos años (dos años, dos meses, ocho días, piensa Quispe) desde la última vez que se vieron.
Igual no, más linda. Porque aquella vez ella lloraba, y ahora sonríe (una sonrisa nerviosa, advierte, pero una sonrisa al fin.)
Y él sabe que una mujer, cuando sonríe, se vuelve más linda. Siempre.
Lo hace pasar al departamento, que está casi vacío, como si lo hubieran desmontado para una mudanza.
¿Te estás mudando?
Algo así, contesta ella sin mirarlo, mientras revuelve un bolso repleto de ropa.
Además del bolso, sólo quedan la biblioteca sin libros y unas pocas cajas embaladas. De la puerta del placard cuelga una cartera.
Estoy segura de que la plata la guardé acá, dice Araceli mientras desparrama ropa de invierno por el suelo.
¿Cómo es algo así?
Nada, me estoy mudando, contesta ella sin dejar de revolver el bolso.
Sólo levanta la cabeza para mirar hacia la puerta, como si estuviera esperando a alguien.
Quispe piensa preguntarle a dónde, pero la conoce y sabe que no va a obtener ninguna respuesta satisfactoria.
En realidad no me importa, piensa, no tiene por qué importarme.
¿Entonces por qué me importa?
Porque los detectives son curiosos, los ex son curiosos y Quispe es, además, un tipo particularmente curioso.
Sin embargo, en este momento, no está en condiciones de articular esa respuesta razonable, hasta sencilla.
Él sólo puede pensar en que algo huele mal (¡otra vez!) y en lo bien que se cogía con Araceli.
Con el mayor disimulo posible, Quispe se acomoda el pantalón para evitar que ella note que se le puso dura.
De repente (de forma tan súbita que él, que esperaba solamente eso, se sobresalta) ella emerge del bolso con un fajo de billetes en la mano.
¡Acá estaba!
Nunca pensé que te ibas a animar a pedírmela, le dice, pero en fin, es tu guita, tomá.
Y ahora, por favor, andate pronto.
Quispe piensa que ese pronto implica un montón de cosas.
Un montón.
Pero decide que lo más inteligente que puede hacer en ese momento no es ponerse a preguntar nada sino guardar la plata e irse.
Claro que en ese momento suena el timbre.
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Un favorcito: profanar la tumba de un milico en Recoleta para robar una llave que lleva atada a una cadena alrededor del cuello. Casi nada.
¿Y si no quiero hacerlo qué pasa?
Los policías, incluso los inexpertos como Samaritani, saben cómo prometer cosas muy feas con una mirada. Debe venir con la placa.
Piensa Quispe, sólo después de dar unas pitadas al primer cigarrillo que se armó ni bien volvió a su departamento.
Antes de largarlo le dieron una remera de coca cola gastada y dos ojotas de distinto número.
No le dieron cigarrillos ni dinero.
40 cuadras chancleteando abajo del sol. Se me pegó el olor a mierda, se lamenta mientras enciende la ducha fría.
¿Y la chica? ¿Qué pasó con ella?
Ese no es tu problema, le contestó Samaritani. Y no sabés la suerte que tenés de que no sea tu problema.
Quispe sale de la ducha y, mientras se seca, decide que sí.
Que es su problema.
Todavía goteando, se acomoda la toalla alrededor de la cintura y va hacia la cocina.
Sobre la mesada está el papel que ella dejó. Quispe lo toma con sus manos mojadas, que corren el prolijo trazo hecho con delineador.
Todavía puede sentir su perfume como si ella estuviese ahí, esperándolo en la cama.
La dirección anotada, advierte nuestro detective, que solventó buena parte de su adolescencia trabajando como cadete, queda en Parque Chas.
El teléfono, una rareza: es un número fijo. Ya quedan pocos de esos.
Quispe busca el celular, que había quedado toda la noche apoyado en un estante de su biblioteca.
Usted tiene un mensaje nuevo.
Es del mecánico, para avisar que la bestia está lista.
(La bestia es su moto y el apodo es irónico: se trata de una Guerrero Econopower bastante maltratada durante casi diez años de batalla.)
Quedó pipí cucú, promete el mensaje. Quispe piensa en que el dinero que tiene no le alcanza para pagar.
Cuenta los pocos billetes que le quedan, por las dudas de que un error en la continuidad espacio temporal hayan multiplicado su patrimonio.
La cuenta, por supuesto, vuelve a dar trescientos sesenta. Que es casi decir lo mismo que nada.
Entonces decide, contra toda sensatez, dejar el papel que huele a Benigna de nuevo sobre la mesada y hacer otro llamado.
Uno que había estado evitando hacer desde hacía mucho tiempo.
Es hora de cobrar esa deuda que esperaba no tener que cobrar nunca.
Esta vez Elvis Quispe se viste antes de salir a la calle. Y un observador preparado advertiría que se viste un poco mejor que de costumbre.
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Así que esto es una celda.
El banco es de cemento y se le pega a la piel del culo. Hace casi tanto calor como en su departamento.
Pero claro (piensa Quispe), la celda está diseñada para ser incómoda. Mi departamento…
Ya lo hicieron firmar unos papeles, hacer no menos de diez veces el pianito, esperar parado en un rincón durante veinte minutos.
(Mientras aguardaba, por el reflejo de un vidrio, vio cómo dos policías encontraban entre los expedientes una viejísima revista porno.)
También pidió hacer una llamada, y que le conviden un par de cigarrillos.
Aunque sólo fuma tabaco armado, Elvis Quispe sabe reconocer una situación de emergencia.
De todas formas no le dieron ni una cosa, ni la otra.
La celda no tiene rejas sino una puerta con una pequeña ventanita que, apenas, deja pasar la luz de una bombita de sesenta wats.
Huele a humedad y a meo viejo.
Cada media hora se asoma una cara por la ventanita, no dice nada, se va.
Sentado en el banco de la celda, Quispe cabecea.
No debería quedarme dormido, piensa.
Es cierto, le contesta alguien desde un rincón oscuro.
El hombre da un paso adelante. Ruido de suelas de goma sobre el suelo de cemento alisado.
El pescador, cubierto por un impermeable amarillo, se acerca a Quispe y le habla al oído.
Chocolates y dulces regionales La Mosqueta Muerta, le dice.
El ruido de las llaves en la cerradura oxidada sobresalta a Quispe, que abre los ojos.
Vamos, afuera, le ordena un oficial, golpeando la puerta con las llaves.
Lo conducen a través de un pasillo angosto y oscuro hasta una pequeña habitación. Una vez que está adentro, cierran la puerta.
Adentro hay solamente una silla y sobre la silla un shorcito de Argentinos Juniors, que Elvis Quispe se pone con un poco de asco.
(Porque está viejo, roto y, parece, incluso algo sucio. Pero más que nada porque Elvis Quispe ha sido toda su vida fanático de Platense.)
Unos minutos más tarde entra en la habitación el agente Samaritani, le pide que se siente en la silla, le esposa las dos manos a la espalda.
Estás en problemas, le dice.
¿Vos sabés quién es esa chica?
No tenés ni idea. Qué boludo que sos.
¿Quién es esa chica?, se pregunta Quispe.
Pero sólo mira en silencio al policía que da vueltas a su alrededor.
Mirá. Te podés comer un buen tiempo en cana por esto. Y creo que sería lo mejor que te podría pasar, porque allá afuera tu vida vale nada.
¿De qué habla cuando habla de esto?
Pero bueno, siempre podemos llegar a algún arreglo que nos sirva a todos. ¿Somos adultos o no somos adultos?
Quispe no dice nada.
Samaritani parece nervioso. Se nota que no tiene mucha experiencia en este tipo de asuntos, piensa nuestro detective.
Asuntos turbios, apartados de la ley.
Menos mal, porque yo tampoco soy muy ducho.
El policía sigue callado y Quispe no piensa decir palabra: que se ponga más nervioso, a ver qué pasa.
En una esquina de la habitación, del techo cuelga una pequeña cámara de video.
Y donde sea que esté la pantalla, Quispe está seguro que allí está el otro.
Pero lo que no sabe (y es una duda que, por algún motivo, lo inquieta) es si el que está bajo observación es él o Samaritani.
Si él tiene algo que ver en todo esto o si es sólo es un perejil que conoció a la mujer correcta en el momento equivocado.
Bueno, es algo sencillo, se atolondra, finalmente, el policía.
Claro, algo sencillo.
Solamente tenés que hacernos (¡nos!, se alarma Quispe) un favorcito y listo. Acá no pasó nada.
Claro, un favorcito.
Claro, acá no pasó nada.
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Y el perfume persiste cuando el vuelve a subir los veintiséis pisos, después de acompañarla hasta la puerta y despedirla con un beso.
Quizás porque está impregnado en el papel que Quispe no había visto antes y encuentra sobre la mesada.
Hay una dirección y un número de teléfono.
Quispe acomoda la cama y vuelve a montarla contra la pared, vacía el cenicero, tira las latas vacías en el tacho de basura.
Se saca las zapatillas y las medias usando sólo las puntas de los pies.
Camina hacia el baño, donde enciende la ducha fría.
Se saca la camisa y el pantalón mientras regresa a la habitación, arma un cigarrillo, se queda desnudo, fumando en la ventana.
Luego de la última calada, tira la colilla por la ventana.
De repente, por encima del ruido de la ducha -la música ya se acabó hace un rato-, desde la calle suena algo que parece un disparo.
¿Eso fue un disparo?
Elvis Quispe atraviesa el departamento de un salto y el pasillo de tres. Aprieta el botón para llamar al ascensor.
Siente el ruido de la caja de metal que, veintiséis pisos más abajo, comienza a moverse.
El ruido de cadenas que no se lubrican hace años.
Impaciente, Quispe se muerde las uñas de sus dos pulgares antes de decidirse y comenzar a bajar por la escalera.
Nueve pisos, saltando escalones de tres en tres.
Cuando llega al piso 17 corre por el pasillo hasta quedar frente a la puerta del ascensor.
Cuenta hasta tres y abre la puerta, justo a tiempo para detener el ascensor que pasaba.
Quispe entra en la cabina, cierra la puerta, marca Planta Baja y vuelve a concentrarse en las uñas de sus pulgares.
Sólo al pasar por el espejo que hay en el hall del edificio, se da cuenta de que está total y evidentemente desnudo.
Pero ya es muy tarde para echarse atrás.
Sale a la calle: vacía como la heladera de un yonqui.
Mira a un lado y al otro, buscando algo que le de una pista sobre el origen del disparo. O dónde está Benigna, si está bien, si está viva.
Cree escuchar unos ruidos a la vuelta de la esquina.
Se acerca.
No llega a asomarse: antes siente un círculo de frío metal sobre su espalda desnuda y una voz ronca. Una voz de policía.
Contra la pared.
La panza, las piernas, los brazos sobre el cemento húmedo y caliente.
El policía intenta cachearlo. Amaga con pedirle documentos. Pero por dos veces se detiene.
No hay un protocolo para detener a un hombre desnudo.
Quispe interpreta la duda como un permiso para darse vuelta y enfrentarlo.
Agente Delfo Samaritani, lee en la placa que lleva en el pecho.
¿De qué se me acusa?, pregunta Quispe.
De eso, contesta, pudoroso, Samaritani, tratando de no mirar más abajo de su cintura.
Vivo acá nomás, en ese edificio.
Ahora subo y me pongo algo. Es complicado de explicar.
Quispe señala la ventana de su departamento con una mano. Con la otra, se tapa las bolas.
Hagamos así, subo, me visto, agarro los documentos y bajo.
Bueno, concede, inexperto, el agente Samaritani.
Quispe retrocede lentamente rumbo a la puerta de su edificio, hasta que escucha otra voz que lo detiene.
Cuánta cháchara.
Dice, saliendo de la noche, otro policía.
Lleva una gorra reglamentaria bien encasquetada, que le cubre el rostro. Y un sobretodo oscuro sobre el uniforme.
Vuelve a ordenarle que se ponga contra la pared y le esposa los brazos detrás de la espalda.
Andá a buscar la lancha, le ordena al agente Samaritani.
Y así es como, a los veintiséis años, completamente desnudo y con las manos esposadas, Elvis Quispe entra por primera vez en un patrullero.
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Ella se llama Benigna Helmutt-López y fuma con elegancia, sin quemarse los dedos.
Lleva chupines blancos, camisa negra, tiradores blancos, zapatillas negras de cuero. Usa los labios pintados de rojo manzana.
Mueve las manos cuando habla y siempre mira a los ojos.
Los suyos son celestes, grandes. Mucho delineador.
Usa flequillo. Es rubia. Y no tiene más de veinte años, calcula Quispe.
Su padre se fue de la casa en la que viven hace quince días. Y no volvió.
Hay un auto en la puerta de su casa desde hace unos días. Es sospechoso o ella se está voviendo loca, dice.
La mano de ella aferra la mano de él, por menos de un segundo, y la suelta como si estuviera electrificada.
Él apaga el cigarrillo en el cenicero, se levanta y trae dos latas de cerveza de la heladera. Las últimas dos latas.
Beben. Fuman. Se ríen. Se olvidan de los problemas.
Hablan de música (ella prefiere a los Stooges, él a los Stones.)
Hablan de cine (él Wilder, ella Herzog.)
Las cervezas se acaban muy rápido. Hace calor. Y el ventilador no anda.
En algún momento ella quiere ir al baño. Él se levanta para dejarla pasar. El pasillo es angosto.
Quispe no piensa. Sus manos toman la pequeña cintura. Los brazos de ella se encaraman a su cuello.
Los dos juntos rebotan entre las paredes del departamento.
Hasta que se acomodan entre la pileta del baño y la pared: un rincón hecho a medida.
Cogen como si supieran que se acaba el mundo.
Pero claro: ellos no lo saben.
Un rato más tarde, tirados en la cama -que Quispe desacopló oportunamente de la pared-, él mira sus piernas y comprueba que no se rompen.
Si no más bien todo lo contrario.
Casi sin moverse, él arma dos cigarrillos, los enciende y le ofrece uno a ella.
Mi reino por un porro, piensa Quispe.
Ella termina de fumar y comienza a vestirse. Él quiere decirle algo pero no sabe bien qué, así que se queda callado.
Finalmente él asume que ella se va a ir.
Que ella, de hecho, se está yendo.
Entonces comienza a vestirse él también, haciendo durar el movimiento de ponerse cada prenda como si fuera la última cena de un condenado.
Elvis Quispe no es un tipo supersticioso. Ni siquiera es un tipo religioso. Es, más bien, bastante escéptico.
Pero hay algo en todo esto que huele muy mal, piensa. Peor que esta ciudad de mierda.
Y sólo entonces nota que el perfume que usa Benigna Helmutt-López permanece en el aire, por encima del fétido olor a Buenos Aires.
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